La museología de lo invisible…

Despúes de más de veinte años de trabajar en museos, me he dado cuenta que existe una claridad absoluta en el equipo de colaboradores con respecto a procesos propios en el desarrollo de una exposición: el diseño museográfico, la investigación de colecciones y la conformación de ambientes propios para la conservación adecuada de los objetos son temas obvios en cualquier equipo de diseño de exposiciones. Por el contrario, el análisis de las experiencias de los públicos, los cuestionamientos y las respuestas; el impacto y la extensión del espacio museal en los usuarios son situaciones “grises”, muchas de las cuáles no se comprenden, se observan e incluso se ignoran totalmente.

Es necesario remirar el museo como un ámbito de dos dimensiones.  Una corresponde al diseño museográfico, la conformación del discurso curatorial y la generación de mensajes; la metamorfosis interna del espacio físico y comunicativo del museo. Y a partir de ahí se concibe una dimensión distinta; la construcción y deconstrucción de sentido por parte de los usuarios. La resignificación de los mensajes,  las aproximaciones sociales y culturales a las propuestas del museo; la digestión del espacio museal por parte de las audiencias.

Esta perspectiva tiene implicaciones fundamentales: por una parte no concebimos que la labor museística “termine” al cortar el listón de inauguración de una exposición. Será necesario observar y comprender los sucesos que derivan de la apertura, el uso de los públicos del mismo espacio y su respuesta a la propuesta discursiva.

La interpretación del usuario es uno de los procesos de mas importancia dentro de la dinámica museística; las reacciones, emociones y sentimientos derivados de las experiencias vividas por el publico en la exposición marcan y construyen el espacio museal. Es decir: el proceso de lectura por parte de los usuarios es tan importante como el momento de creación. Para que una exhibición sea exitosa, el efecto en el interprete es equivalente al trabajo de diseño y montaje.

Analicemos estás implicaciones detenidamente: si el contexto personal se define desde el visitante y no desde el discurso curatorial entonces; ninguna persona es una “tabla rasa” al entrar al museo; es absurdo pensar que toda persona esta dispuesta a interesarse y “dejarse llevar” por la propuesta de exposición, por el contrario, su acercamiento es moldeado e interrumpido por su conocimiento previo, experiencias e intereses. El diálogo en el espacio museal es real, en la medida en la que podamos apelar al contexto personal reconociendo los vínculos intelectuales y emocionales de las audiencias con la propuesta artística.

En cuanto al contexto cultural; la suposición de que todo discurso curatorial (o toda propuesta artística) es universal de significado a toda comunidad humana, revela comprensiones cortas con respecto a la lectura de los públicos. ¿Es verdad que una exposición es leída y comprendida (en el sentido de brindar significado) de la misma forma en un espacio universitario urbano, que en un museo comunitario de la sierra oaxaqueña?

¿Es suficiente leer la ficha técnica al lado de una obra para “comprenderla”? ¿Es clave conocer la fecha de producción y los estudios académicos de un artista para acercar a los públicos a su propuesta?

La responsabilidad del Museo, de todo museo, se refiere al patrimonio (tangible e intangible) y su relación con los públicos; su valoración, apropiación y resignificación. El diseño y mensajes de la exposición pueden permanecer, incluir vínculos que promuevan las relaciones entre los contextos locales y la propuesta; señalar significados culturales compartidos y reconsiderar lecturas o prejuicios en el diseño, enriquece de manera significativa la experiencia de los públicos.

En muchos “curadores” es común escuchar el término interrupción al señalar de manera negativa el uso de herramientas o estrategias educativas dirigidas a ciertos públicos dentro del espacio de exhibición (y esto lo hemos discutido continuamente en otros momentos) pero la realidad es que el espacio inmaculado, donde sólo se encuentran el visitante solitario y la obra “pura” es una falacia intelectual; toda persona trae a su experiencia un bajage (intelectual y artístico), aún más, un contexto socio-cultural que define lecturas y acercamientos. No podemos olvidar que este “diálogo” no sólo comprende una carga de significados desde el público también el museo, a través de la curaduría contribuye con una importante carga de significados, lecturas e intenciones.

Reconocer los procesos de interpretación del público señala a las audiencias en el centro de la labor museística. El éxito de la difusión, comunicación y exhibición de los bienes tangibles e intangibles depende directamente de nuestra comprensión de los intereses y motivaciones; estilos y preferencias de aprendizaje, expectativas de las audiencias. El papel de los visitantes no puede ser el de recolectores de información especialmente, nombres, técnicas y fechas.

¿No será que la experiencia del museo nos ofrece la oportunidad de enriquecer la percepción del mundo en que vivimos y quienes somos en el?