Mirar

Aproximadamente el 50% de la corteza cerebral participa el momento en que observamos.  Así en fracciones de segundo, somos capaces de distinguir una diversidad de formas, texturas, planos y colores (Hoffman, 1999).

En un sentido, el acto de mirar puede ser percibido como un proceso perceptivo automático y entonces restarle importancia a la enseñanza, el uso y comprensión de imágenes tanto en la infancia como en la edad adulta.  Estamos ciertos que el archivo visual de cada persona determina el acercamiento, interpretación y significado de las imágenes a las que nos enfrentamos.

En ese sentido la experiencia del museo debe subrayar la percepción como una herramienta para reflexionar sobre las maneras personales, sociales y culturales de ver.   Así, considerando la complejidad del fenómeno visual dentro del museo buscamos crear espacios que incluyan la cultura visual contemporánea; imágenes reales y virtuales, de culturas propias y ajenas, conocidas y extrañas.

El acercamiento a los objetos, sin duda, está determinado por los distintos horizontes de interpretación posibles. Lecturas y significados que están directamente relacionados al “archivo visual” de cada persona. Vemos lo que estamos acostumbrados a ver.  Así las lecturas de una obra, los significados y las relaciones entre un grupo de visitantes pueden ser múltiples. Subrayar estas diferencias, estos acercamientos que están ligados a patrones, valores e ideas que están en continua transformación se vuelve imprescindible.

Entonces ver no sólo se refiere a un proceso sensorial sino también cultural vinculado al contexto social e histórico. Es la multiforme expresión visual la que enriquece nuestra capacidad para percibir, para ver.  Esta experiencia se convierte en fundamental en el proceso del museo.

Ver y aprender a ver, por lo general implica hacerse preguntas, observar, analizar; construir significado.  Aprender a observar, encontrar diferencias, relacionar imágenes es parte necesaria de eso que llamamos “visitar un museo”.

Al indagar, explorar, hacernos preguntas que involucren explicaciones reflexivas estamos participando de un proceso de aprendizaje donde nosotros marcamos la rapidez, la cantidad de información y las metas de ese proceso.

Se vuelve fundamentar subrayar que: “Tus impresiones como observador, tus sentimientos e interpretaciones son una parte integral del significado de las obras de arte” (Boix-Manzilla, 2003). Reflexionar sobre estas interpretaciones; descubrirlas, examinarlas, revisarlas y ampliarlas- es parte de lo que significa acercarse al patrimonio y aprender algo en los museos.

Entonces bajo esta perspectiva, tan lejana de la curaduría tradicional, el “estar en el museo” tiene dos efectos fundamentales en el pensamiento: brinda espacios para hacer que pensemos más detenidamente y amplía el campo del pensamiento mas allá de la mente para incluir al cuerpo y la emoción (Boix-Manzilla, 2003)

De ahí que nuestra propuesta señale al espacio museal como un espacio habitable. Es en esos tiempos pausados y el amplio espectro de posibilidades de reflexión y percepción, donde nos convertimos en co-autores de las propuestas museísticas. Mirar, tocar, escuchar, sentir, conversar con otros, con nosotros mismos, buscar respuestas, probar, experimentar, volver a nuestras preguntas, volver a conversar, sentir de nuevo es fundamental para la comprensión.

Estamos seguros que cada espacio, palabra, objeto, material que se encuentra en el museo tiene la posibilidad de que descubras, encuentres, observes y relaciones. Como educadores de museos estamos conscientes que el simple “mostrar” de la curaduría tradicional no es suficiente.  Debemos crear espacios y estrategias para involucrar a los visitantes en un dialogo más profundo; cada espacio, proceso e información buscará presentar retos, motivarte a pensar dos veces, mirar dos veces, encontrar formas nuevas y distintas de acercarte.  Todo esto sin duda, tiene que ver con los procesos del arte y el pensamiento divergente.

La museología de lo invisible…

Despúes de más de veinte años de trabajar en museos, me he dado cuenta que existe una claridad absoluta en el equipo de colaboradores con respecto a procesos propios en el desarrollo de una exposición: el diseño museográfico, la investigación de colecciones y la conformación de ambientes propios para la conservación adecuada de los objetos son temas obvios en cualquier equipo de diseño de exposiciones. Por el contrario, el análisis de las experiencias de los públicos, los cuestionamientos y las respuestas; el impacto y la extensión del espacio museal en los usuarios son situaciones “grises”, muchas de las cuáles no se comprenden, se observan e incluso se ignoran totalmente.

Es necesario remirar el museo como un ámbito de dos dimensiones.  Una corresponde al diseño museográfico, la conformación del discurso curatorial y la generación de mensajes; la metamorfosis interna del espacio físico y comunicativo del museo. Y a partir de ahí se concibe una dimensión distinta; la construcción y deconstrucción de sentido por parte de los usuarios. La resignificación de los mensajes,  las aproximaciones sociales y culturales a las propuestas del museo; la digestión del espacio museal por parte de las audiencias.

Esta perspectiva tiene implicaciones fundamentales: por una parte no concebimos que la labor museística “termine” al cortar el listón de inauguración de una exposición. Será necesario observar y comprender los sucesos que derivan de la apertura, el uso de los públicos del mismo espacio y su respuesta a la propuesta discursiva.

La interpretación del usuario es uno de los procesos de mas importancia dentro de la dinámica museística; las reacciones, emociones y sentimientos derivados de las experiencias vividas por el publico en la exposición marcan y construyen el espacio museal. Es decir: el proceso de lectura por parte de los usuarios es tan importante como el momento de creación. Para que una exhibición sea exitosa, el efecto en el interprete es equivalente al trabajo de diseño y montaje.

Analicemos estás implicaciones detenidamente: si el contexto personal se define desde el visitante y no desde el discurso curatorial entonces; ninguna persona es una “tabla rasa” al entrar al museo; es absurdo pensar que toda persona esta dispuesta a interesarse y “dejarse llevar” por la propuesta de exposición, por el contrario, su acercamiento es moldeado e interrumpido por su conocimiento previo, experiencias e intereses. El diálogo en el espacio museal es real, en la medida en la que podamos apelar al contexto personal reconociendo los vínculos intelectuales y emocionales de las audiencias con la propuesta artística.

En cuanto al contexto cultural; la suposición de que todo discurso curatorial (o toda propuesta artística) es universal de significado a toda comunidad humana, revela comprensiones cortas con respecto a la lectura de los públicos. ¿Es verdad que una exposición es leída y comprendida (en el sentido de brindar significado) de la misma forma en un espacio universitario urbano, que en un museo comunitario de la sierra oaxaqueña?

¿Es suficiente leer la ficha técnica al lado de una obra para “comprenderla”? ¿Es clave conocer la fecha de producción y los estudios académicos de un artista para acercar a los públicos a su propuesta?

La responsabilidad del Museo, de todo museo, se refiere al patrimonio (tangible e intangible) y su relación con los públicos; su valoración, apropiación y resignificación. El diseño y mensajes de la exposición pueden permanecer, incluir vínculos que promuevan las relaciones entre los contextos locales y la propuesta; señalar significados culturales compartidos y reconsiderar lecturas o prejuicios en el diseño, enriquece de manera significativa la experiencia de los públicos.

En muchos “curadores” es común escuchar el término interrupción al señalar de manera negativa el uso de herramientas o estrategias educativas dirigidas a ciertos públicos dentro del espacio de exhibición (y esto lo hemos discutido continuamente en otros momentos) pero la realidad es que el espacio inmaculado, donde sólo se encuentran el visitante solitario y la obra “pura” es una falacia intelectual; toda persona trae a su experiencia un bajage (intelectual y artístico), aún más, un contexto socio-cultural que define lecturas y acercamientos. No podemos olvidar que este “diálogo” no sólo comprende una carga de significados desde el público también el museo, a través de la curaduría contribuye con una importante carga de significados, lecturas e intenciones.

Reconocer los procesos de interpretación del público señala a las audiencias en el centro de la labor museística. El éxito de la difusión, comunicación y exhibición de los bienes tangibles e intangibles depende directamente de nuestra comprensión de los intereses y motivaciones; estilos y preferencias de aprendizaje, expectativas de las audiencias. El papel de los visitantes no puede ser el de recolectores de información especialmente, nombres, técnicas y fechas.

¿No será que la experiencia del museo nos ofrece la oportunidad de enriquecer la percepción del mundo en que vivimos y quienes somos en el?